sábado, 28 de julio de 2018


                                          ELEMENTOS DE LA GUERRA
¡OLA AMIGOS! A PARTIR DEL DÍA LUNES, 30-07-2018, PONGO A CONSIDERACIÓN DE USTEDES, EN ESTE MISMO ESPACIO, ALGUNOS TEMAS RELACIONADOS CON LA GUERRA. DE ESTE MODO, PODEMOS INTERPRETAR MEJOR LO QUE NOS DICEN LOS HISTORIADORES MILITARES:
1) LA GUERRA,
2) LA LEGÍTIMA DEFENSA
3) LA REPRESALIA
2) LA HISTORIA MILITAR,
4) LAS CAUSAS DE LA GUERRA,
5) ETCÉTERA.


GUERRA, LEGÍTIMA DEFENSA, REPRESALIA E HISTORIA MILITAR
CAPÍTULO I. ¿QUÉ ES LA GUERRA?
Sección 1
«Si dos países compiten porque desean una misma cosa que no puede ser compartida por ambos, se convierten en enemigos, y para lograr su propósito, se empeñan en destruirse y someterse mutuamente. De esto nace los conflictos que llevan a la guerra»[1]. Preguntar quién ganó una guerra determinada es como preguntar quién ganó en la tragedia de Ykuá Bolaños, suceso ocurrido en Asunción el 1 de agosto de 2004 en la que fallecieron en una conflagración casi 400 personas y hubo igual número de heridos. Vale decir, en la guerra todos los involucrados pierden y nadie gana a excepción de los comerciantes de materiales bélicos y proveedores de servicios y abastecimientos inherentes a la guerra. Si bien es cierto, las pérdidas materiales se pueden reponer, pero es imposible reemplazar las preciosas vidas de miles de jóvenes, así como el duelo de los familiares y las congojas de los parientes y amigos. Al respecto escribió González Delvalle: «Un historiador de la antigüedad aseguró que la paz, es el tiempo apacible en que los hijos entierran a sus padres. Y la guerra, la época tremenda y desconcertante en que los padres entierran a los hijos»[2].
La guerra, según los sociólogos[3], se origina en el egoísmo de los estados, la excesiva ambición y en los innatos impulsos agresivos y mal dirigidos del hombre. Respecto a este último punto, San Agustín nos dice que, «sin las limitaciones que el gobierno impone, los hombres se matarían entre sí hasta extinguir la raza humana». De esto se sigue que un gobierno organizado y prudente constituye la medida de la diferencia entre la guerra y la paz. Cuando en una región hay estado que carece de un sistema legal como el equilibrio de los poderes, y solo el poder ejecutivo juzga a su manera o según los dictados de su propia razón los asuntos del Estado, tal como declarar la guerra o hacer la paz, es inevitable que surjan conflictos con los vecinos que frecuentemente llevan al extremo. Es por esta razón que los estados pacíficos son forzados a mantener un buen poder militar, no porque deseen lograr algo de la guerra, sino porque quieren tanto evitarla como también protegerse adecuadamente si llegare a ocurrir por culpa de vecinos belicosos. Porque, como nos advierte Confucio, «… pues, ¿qué puede hacerse contra la fuerza, sin la fuerza?»
Hobbes, notable filósofo inglés, reflexiona sobre la guerra de este modo: «En la naturaleza del hombre y de las naciones, encontramos tres causas principales de conflicto: la competencia, la desconfianza y la gloria. La primera hace que los hombres o países invadan el territorio de otros para adquirir ganancia. Para ello hacen uso de la fuerza militar, para que de esta manera los hombres o países se hagan dueños de la propiedad de otros. La segunda para lograr seguridad, usa la fuerza militar con un fin defensivo. La tercera para adquirir reputación o reparar ofensas como las críticas acerbas o señales de desprecio dirigidas hacia la patria o su Gobierno. Es un hecho que, en todas las épocas los gobiernos de cada país están en una situación de perenne desconfianza mutua, en un estado y disposición de gladiadores, apuntándose con sus armas, mirándose fijamente, es decir, con sus fortines y cañones instalados en sus fronteras, espiando a sus vecinos constantemente, en una actitud belicosa»[4]. Si aceptamos la teoría y llamamos bueno a todo lo que protege la especie humana y el medio ambiente; y malo a todo lo que los perjudica, consecuentemente, el que provoca la guerra es un azote de la humanidad, por lo tanto, se le puede considerar como un criminal contra los seres humanos. Aunque existe guerra de necesidad que se hace con el objeto de impedir un mal peor.
Juan Vives, escribió: «Según reza un proverbio griego, la venganza es cosa sabrosísima; es manjar de dioses, y como tal, con morosa delectación la leemos y la aprobamos. También se escribe de guerras, admirándolas y recomendándolas, para que el ánimo del lector complaciente se deslice a desear aquella sangrienta infamia que oye ser tan celebrada y enaltecida. Desgraciadamente, no fueron pocos los jefes de Estado que provocaron la guerra, no aguijoneados por otras espuelas que la de la gloria de aquellos que algún día fueron vencedores»[5]. De este modo se puede decir, que Aquiles prendía fuego en el ánimo de Alejandro Magno, este azuzó a Napoleón y Napoleón concitó a Solano López.
No es justo ni conveniente para nadie empezar una guerra, no solo porque frecuentemente la pierde quien empieza y rara vez es derrotado el que se mantiene defensivamente dentro de su territorio, sino también porque el gobierno ha sido instituido para proteger la vida de los ciudadanos y mantener la paz, y de este modo alcanzar el fin primario de la unión de un varón con una mujer, que es la procreación y la propagación de la especie y la preservación de la propiedad, vale decir; la vida, la libertad y los bienes de cada familia y del país. Por lo tanto, las fuerzas militares solo deben ser empleadas en legítima defensa. Los insensatos y bravucones son siempre los primeros en empuñar sus armas, también son los primeros en huir o implorar cuartel. La defensa es una honesta causa para luchar y por eso ninguna ley castiga la legítima defensa, porque es una ley de naturaleza defender la vida y los bienes propios.
Solano López desde la edad juvenil adquirió la costumbre de hallarse en el centro de un torbellino de acciones que le calzaron las botas y le colocaron las espuelas. Empezó su carrera militar con el grado de coronel, a la edad de quince años, y llegó a general y jefe del ejército a los dieciocho. Afortunado mediador entre Urquiza y Mitre en 1859, y embajador itinerante ante los países europeos por 18 meses. Él consideraba que esas funciones y la dócil obediencia de sus tropas le otorgaban genio militar. Lo que queremos señalar es que la guerra no trae beneficio, apenas puede lograr una redistribución de los recursos o arreglos limítrofes; pero somos categóricos en afirmar que es el trabajo y no la guerra o la gloria bélica el que puede crea mejor bienestar del pueblo.



[1] John Locke, filósofo inglés (1632-1704). Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil. Impreso en España 1998. Litografía Rosés, S.A. (Barcelona). Locke consideraba que «la sociedad se basa en un contrato y que el soberano debe obedecer las leyes; de otro modo, la insurrección del pueblo es legítima».
[2]     Alcibiades González Delvalle, Procesados del 70, Edit. El Lector, Asunción, Pág. 63.
[3]     Entre ellos el francés Gastón Beauthoul, Sociología, capítulo: La guerra.
[4]     Thomas Hobbes, Leviatán – Edit. Altaya, Barcelona 1997. Cap. 13; Págs. 107 y 108.
[5]     Juan Luis Vives (1492-1540), filósofo español, Las Disciplinas. Ediciones Folio (España), 2000. Cap. VI, Pág. 124.


GUERRA, LEGÍTIMA DEFENSA, REPRESALIA E HISTORIA MILITAR
CAPITULO I. ¿QUÉ ES LA GUERRA?
Sección 2
Según Clausewitz[1], «la guerra no es más que un duelo en una escala más amplia. Es algo así como dos luchadores, cada uno de los cuales trata de imponerse al otro por medio de la fuerza física; su propósito es incapacitar al enemigo para que no pueda seguir con su resistencia; la guerra constituye, por tanto, un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a reconocer la derrota y aceptar la voluntad del vencedor». La fuerza militar constituye así el medio, imponer la voluntad al enemigo es el objetivo. Para estar seguro de alcanzar este objetivo es preciso derrotar la voluntad de luchar del Gobierno para que acepte la condición que se le quiere imponer, demostrándole que puede ir le peor que la que supone el pago que se le exige. De ello se desprende que la destrucción de la fuerza del adversario debe constituir siempre el objetivo de toda operación militar. Pero, ¿por qué se lucha o cual es la causa de la guerra? Sin duda alguna el objetivo político, o sea, la misión que recibe el general en jefe del Gobierno Nacional, vale decir, el qué se debe alcanzar por medio de la fuerza militar, así como realizar los esfuerzos necesarios para cumplir con ese propósito. El objetivo político en la Guerra del Chaco (1932-1935), o sea la misión que recibió Estigarribia del presidente Eusebio Ayala era «expulsar a los bolivianos del Chaco Paraguayo»; en la II Guerra Mundial, el comandante en jefe de las fuerzas aliadas, general Dwight Eisenhower, fueron: «penetrar en el corazón de Europa y destruir las fuerzas militares de Alemania», y en la guerra de la Triple Alianza (1864-1870), que Solano López sea considerado el árbitro del Río de la Plata, respaldado por el ejército más numeroso del continente, reponer al Partido Blanco en el gobierno del Uruguay, y obligar a las tropas brasileras a abandonar territorio oriental[2].
También nos dice Clausewitz, «la guerra comienza porque en cada país en conflicto existe un motivo hostil que los ha impulsado a hacerlo». Así pues, mientras dura la guerra este motivo permanecerá y solo dejará de actuar por una sola razón: al que le va mal está obligado a negociar la paz; es decir, si a uno le conviene continuar al otro le conviene poner fin a la lucha para impedir que el país alcance el punto de su bancarrota. Sin embargo, si ambos ejércitos se mantienen equilibrados y no se visualiza la superioridad de uno de los contendientes sobre el otro, es absurdo continuar una guerra que solo debilitará a ambos, por lo tanto lo mejor será buscar una paz de conveniencia mutua.
 «La guerra no constituye ni pasión por la aventura ni para ganar gloria –dice Clausewitz-, sino que es un medio serio para alcanzar un objetivo serio». O sea, es un instrumento político como ya lo hemos señalado, de esto se puede inferir que la guerra tiene su origen en un objetivo político; por lo tanto, este constituye la más importante de las consideraciones que debe ser tenida en cuenta en la conducción de la guerra. Todas las guerras tienen que ser consideradas como actos políticos; de esto se sigue que el fin de la guerra es lograr el objetivo señalado por el Gobierno Nacional, y los medios para ello son las fuerzas armadas. Sin embargo, durante su desarrollo el objetivo político puede cambiar si se presenta una de las situaciones siguientes:
1) carecer de suficiente fuerza como para seguir oponiendo resistencia seria;
2) el enorme gasto ya hecho y del que todavía se requiere;
3) el precio excesivo que hay que pagar por la victoria;
4) evitar que el país alcance el punto de su bancarrota;
5) cuando las fuerzas están equilibradas y ninguna de ellas puede imponerse al otro, por lo tanto, continuar la lucha sólo debilitaría a ambos.
Ante cualquiera de las cinco circunstancias mencionadas, la prudencia indica negociar la paz. Un armisticio es a menudo más conveniente porque todo jefe de Estado tiene la obligación de mirar la posguerra, la responsabilidad de recuperar la paz para su pueblo y no permitir que el país llegue hasta la ruina total. La guerra es algo así como un juez supremo al que se apela después de agotar los medios pacíficos para saber de qué lado está el “derecho”, y nada más. Dilucidada la cuestión en una batalla decisiva, de donde sale un vencedor y un vencido, pero continuar la lucha sin posibilidad de victoria es un desperdicio de recursos humanos y un despilfarro de los bienes del país. La guerra termina cuando el gobierno del país derrotado, aun disponiendo de fuerza para seguir resistiendo, acepta la voluntad del vencedor y firma una paz de conveniencia mutua.




[1]     Karl von Clausewitz, De la Guerra, Libro I, Edit. Idea Books, primera edición, colección Idea Universitaria 1999. Págs. 27 al 98.
[2]         Estos hemos  inferidos de sus acciones, discursos públicos y de sus notas que suelen ser cortés en la forma e insolente en el fondo, y hasta desafiantes.





CAÍTULO I. ¿QUÉ ES LA GUERRA
Sección 3
La campaña de Villeta en la guerra de la Triple Alianza (1864-1870) muestra que a pesar de la conquista de una parte del territorio y destruidas las fuerzas militares, la guerra no puede considerarse como terminada hasta que el Gobierno resuelva firmar la paz, o hasta que la población haya sido sometida en su totalidad. Si el gobierno derrotado no acepta la voluntad del vencedor, la guerra proseguirá sin tregua, hasta ser aplastado el país y el jefe de Estado perseguido, capturado o muerto. Esto es así,  porque el conflicto podía estallar nuevamente en el interior o mediante la ayuda de un aliado, y obligar al vencedor a más sacrificios. «No siendo la guerra un acto de pasión ciega, -escribió Clausewitz- sino que está dominada por el objetivo político, la importancia de ese objetivo determina la medida de los sacrificios de vidas humanas y materiales que hay que realizar para obtenerlo. En consecuencia, tan pronto como el gasto para mantener la potencialidad de la fuerza sea tan grande que la conquista del objetivo político no podrá compensar, ese objetivo deberá ser abandonado y el resultado lógico será buscar la paz»[1]. Vale decir, una paz de conveniencia mutua. Con este propósito siempre será preciso contar con una diplomacia eficiente, porque antes, durante y después de la guerra, la batalla decisiva se suele llevar a cabo, usualmente, fuera de la escena, vale decir, en el campo diplomático.
Heráclito[2] la definió así: «la guerra  es común a todos los seres, ella es la madre de todas las cosas; de uno hace dioses, de otros esclavos u hombres libres». Lo que significa que la guerra pone a cada uno en su lugar, ella impone el derecho. La guerra tiene su propia ley, cuando un país está derrotado, para evitar que la nación alcance el punto de su ruina total, cabe considerar la respuesta que recibió un emperador egipcio -que había perdido la batalla decisiva ante Jerjes I, emperador de Persia-, de un anciano de profunda sabiduría a quién requirió sobre qué hacer: continuar la lucha u ofrecer su cabeza al enemigo para ahorrar sacrificio a sus súbditos. El sabio expresa su respuesta de modo parabólico: ¿«Quién es el vencedor para ir a prosternar ante él?» Erasmo de Rotterdan, autor de Elogio de la locura, dice: «La guerra es una locura, la guerra siembra guerra, de amago llega a ser realidad, de pequeña inmensa».
Respecto a las crueldades en la guerra podemos decir lo siguiente: no hay soldado bueno o malo en la guerra; solo vencedores y vencidos. Todas las acciones de guerra son legítimas si se realizan al servicio de la victoria. La responsabilidad de la matanza de mujeres, niños y enfermos debe atribuirse a los defensores, porque el general en jefe, en vez de ubicarlos fuera del camino del atacante, los expone colocándolos al alcance del enemigo[3]. La guerra en el fondo no es más que un asesinato en masa por mucho que digan los versos de los poetas, su fin se reduce a imponer la voluntad de un país sobre otro por medio de la fuerza. La misión del soldado es matar al enemigo -que es hombre como él- para sobrevivir. Tratar de ignorar como elemento constitutivo la brutalidad en la guerra porque despierta repugnancia significa una vana tentativa, pues los ejércitos se hallan librados a sí mismos y no obedecen a otra ley que la propia. El ambiente de la guerra es peligro constante, esfuerzo físico e incertidumbre. Durante ella, lo más terrible de sobrellevar es la falta de conocimiento seguro, claro y evidente de si después de tantos esfuerzos y sacrificios se van a obtener la victoria y sobrevivir cuando llega el final de la lucha. En los combates, salvo los lunáticos, las tropas se hallan con miedo y aterrorizados ante la amenaza de perder la vida; entonces luchan con la máxima ferocidad; durante ese crucial momento nadie recuerda la táctica, ni el patriotismo ni la gloria, solo el deseo de continuar viviendo. ¿Pedir clemencia al enemigo transfigurado en un lobo feroz? La guerra libera lo más brutal que existe en la naturaleza humana; cada combatiente es instruido y adiestrado para entregar su propia vida en la batalla, asimismo tiene pleno derecho a quitarle la vida al enemigo. Todos los hombres, a pesar de sus bravuconadas se estremecen de terror a medida que la hora «H» se acerca. El campo de batalla es lugar de miedo, y ningún hombre deja de tenerlo porque siente que la muerte le ronda a cada paso, hasta que está metido en la refriega, y es cuando se encuentra todos los sentidos fuera de sí. Consecuentemente, esperar caridad del vencedor es como pedir peras al olmo; la clemencia, el remordimiento y el sentimentalismo no tienen cabidas en el petate del soldado, porque durante la guerra la civilización se retrograda hasta la barbarie.
Todas las consideraciones que acabamos de hacer nos lleva a pensar: que la guerra no es una pasión ciega, sino que se lucha por un objetivo político, la importancia de ese objetivo determina la medida de los sacrificios, sean en recursos humanos o bienes materiales que el Gobierno está dispuesto a realizar para obtenerlo. Max Weber[4], en una de sus obras sentencia de este modo la cuestión: «Ponerse a buscar después de perdida una guerra quienes son los “culpables” es cosa propia de viejas; es siempre la estructura de la sociedad la que origina la guerra. La actitud sobria y viril es la de decir al enemigo:
«Hemos perdido la guerra, la habéis ganado vosotros. Esto es ya cosa resuelta. Hablemos ahora de las consecuencias que hay que sacar de este hecho respecto de los intereses materiales que estaban en juego y respecto de la responsabilidad hacia el futuro, que es lo principal y que incumbe sobre todo al vencedor. Todo lo que no sea esto es indigno. Una nación perdona el daño que se hace a sus intereses, pero no al que se hace a su honor, como la de invadir sus territorios y humillar a su pueblo». 
              

PARTIR DEL LUNES, 06-08-2018: "LA LEGÍTIMA DEFENSA"







[1]     Clausewitz, Obra cit.
[2] Heráclito, filósofo griego (550-480 a. JC).
[3] Los hombres van a la guerra para defender la nación, vale decir, amparar a los niños y no mandarlos matar como en las batallas de Avay, Pirivevýi y Acosta Ñu; proteger a las mujeres y no ponerlas en el camino de la soldadesca enemiga como en Avay y Pirivevýi.
[4] Max Weber, El político y el científico, Editado por Litografía Rosés S.A., (Esp. Barcelona), año 1998, Págs. 158 y 159.




LA GUERRA, CAPÍTULO II
                                                                 LA LEGÍTIMA DEFENSA (03-08-2018)
Los ciudadanos paraguayos en general y los políticos en particular precisan tener una opinión políticamente correcta sobre ¿qué es la guerra?, porque es el pueblo el que da sus hijos para la lucha y sustenta económicamente a las fuerzas armadas, en tanto que los políticos son los que hacen la guerra o la paz.
Aprovecho la ocasión para recordar a los historiadores militares y a los que se hacen pasar por tales, que uno de sus funciones principales es destruir mitos y no crearlos, así como limpiar de porquerías la historia de la guerra del Paraguay contra la Triple Alianza; porque alrededor de este campo se han construido una montaña de mentiras que cada día, en vez de aclararla, crean más confusión.
El fin de la historia no es exaltar el patriotismo, sino narrar los hechos tal como sucedieron, porque como escribió un filósofo norteamericano: «la nación que no quiere recordar algún pasado infausto tal como ocurrió, tendrá como castigo el ver como se repite» -y Nietzsche asevera- «No hay que temer en abrir los ojos a la verdad, aunque hay gente que no quiere saber la verdad, porque no quiere que sus ilusiones sean destruidas». Esta clase de gente prefiere vivir de la imaginación creadora y sin fundamento real, llenándose de mitos y leyendas.
El catecismo de la iglesia católica considera que “la legítima defensa” de las personas y las sociedades –conforme a los conceptos de Santo Tomás de Aquino-, no es una excepción a la prohibición de la muerte del inocente que constituye el homicidio voluntario (la guerra). La acción de defenderse lleva dentro de sí un doble efecto: el uno es la conservación de la propia vida; el otro, la muerte del agresor. «Todos los seres vivos se abrazan fuertemente a la vida» (Darwin). Es, por lo tanto, legítimo hacer respetar el propio derecho a la vida. El que defiende su vida no es culpable de homicidio, incluso cuando se ve obligado a asesinar a su agresor.
De manera entonces, el concepto de legítima defensa que nos proporciona la iglesia católica es no sólo un derecho, sino también un deber muy grande para el que es responsable de proteger la vida de otro, del bien común de la familia y de los habitantes de la nación. La protección de los intereses vitales de la nación y la propiedad de los ciudadanos (vida, bienes y libertad), exigen colocar al agresor en estado de no poder causar daños. Por lo tanto, todos los gobiernos de todos los países poseen autoridad y tienen el derecho y la fuerza para defender o repeler por medio de las armas a los agresores del Estado. La rápida y violenta reacción de la fuerza pública contra cualquier agresión tiene el fin de preservar el orden, la paz y la seguridad de los habitantes del país, y la integridad territorial de la nación.
La ley moral prohíbe exponer a alguien, sin razón muy importante a un riesgo mortal, así como negar la asistencia o socorrer a una persona en peligro. De esto se infiere lo que sigue: no condenar, por parte de la sociedad y con la máxima energía a los hombres o autoridades que provocan guerras y muertes sin esforzarse por impedirla o detenerla, constituye una escandalosa injusticia, amén de una falta abominable.
La legítima defensa es ley de naturaleza, o sea norma que Dios ha establecido para regular las acciones de los hombres en beneficio de la seguridad mutua. Se ha aplicado desde la edad primitiva entre individuos y entre tribus, y en la edad moderna, en las relaciones internacionales. Ella suele ser el único medio de defensa en situación de peligro inminente o hecho consumado de agresión. Sin embargo, rige según criterio de poder, vale decir, su aplicación depende de la capacidad de los países para implementarla.
Ampliando el concepto, la legítima defensa comprende simples medidas de defensa. Es un derecho natural de todo individuo o Estado soberano. Constituye una respuesta a un acto ilícito del agresor. ¿Cuándo se usa? Las leyes de cada país contempla el derecho legítimo que tiene cada persona de usar todos los medios para defender su propiedad (vida, bienes y libertad). El derecho internacional, autoriza a los estados a usar sus fuerzas militares contra agresiones a los intereses vitales de la nación (independencia, soberanía, integridad territorial, etc.). Sólo se la considera legítima si hubo ataque armado.
¿Qué se persigue? Rechazar un ataque u obligar al autor a retroceder. Por lo tanto, la legítima defensa consiste en oponer resistencia por la fuerza a una agresión violenta. El derecho internacional común autoriza al Estado a rechazar con la fuerza un ataque perpetrado sin justificación por un Estado contra la independencia e integridad territorial, fuerzas militares, buques, aviones de otro Estado.




LA GUERRA – CAPÍTULO FINAL
LA HISTORIA MILITAR
Introducción. Como por varios años he tratado de compartir con los camaradas del ejército paraguayo, temas diversos sobre la guerra, y especialmente, llamar la atención de la extraordinaria importancia que la historia militar juega en la óptima formación de los oficiales, y que me consta, que las instituciones militares de enseñanza de nuestro ejército le da poca importancia; aunque he intentado en vano llamar la atención sobre el punto débil en la formación de nuestro futuros coroneles y generales de la nación, que la historia es inherente a la profesión militar. Si continuamos de este modo, el día del peligro, el día en que nuestras FF. AA de la nación se ve obligado a empuñar de nuevo las armas para defender algún interés vital de la nación, la patria buscaría en vano oficiales dignos de la victoria.
Desarrollo. Como nuestros libros “Las causas de la guerra del Paraguay contra la Triple Alianza” y “La conducción del ejército paraguayo en la guerra de la Triple Alianza” tratan de la crítica histórico-militar de la guerra de la Triple Alianza, estamos obligados a dar una explicación somera sobre el fin la historia militar, encaminada en la aplicación de la doctrina en la narración de los hechos bélicos.
La historia militar es un proceso de investigación analítica, constituido por un conjunto de observaciones, comparaciones y reflexiones del historiador militar, sustentada en verdades establecidas ya antes por la experiencia recogida de guerras anteriores y aceptadas en la teoría militar como doctrina. Por lo tanto, el historiador militar, además de estar familiarizado con los vocabularios militares, le es indispensable conocer la teoría del arte de la guerra, vale decir, la doctrina militar, tales como las leyes de guerra y los principios de conducción para interpretar las acciones del por qué un ejército realiza un movimiento o por qué adopta una actitud defensiva, cuáles son las características que debe reunir el terreno para que sea la más apropiadas para la defensa; qué condiciones debe darse para realizar operaciones ofensivas, cuales son las acciones a realizar antes de empezar el ataque, cuándo no hay que aceptar batalla, en qué momento hay que detener un ataque en desarrollo y ordenar la retirada, o cuales son los motivos por lo que el general en jefe con su reserva debe mantenerse cerca del campo de batalla de modo a intervenir en ella en el momento más oportuno para quitar de las manos del enemigo, la victoria.
Clausewitz en su obra maestra “De la Guerra”, escribió, «la influencia de las verdades históricas sobre la vida práctica se ejerce más por medio de la crítica que por la enseñanza, pues, como la crítica consiste en la aplicación de la verdad teórica sobre los hechos reales, tratase de familiarizar el entendimiento con la misma verdad por la repetición constante de su uso».
Las verdades sobre los hechos sirven como punto de partida y orientación de un estudio que de otro modo no sería posible realizar o no permitiría llegar a la finalidad perseguida: extraer experiencia y enseñanza. Muchas veces el objeto de la crítica puede ser deficiente si se convierte la teoría en una aplicación tendenciosa o interesada, o se usa como mera exaltación del patriotismo que no es fin de la historia, o por la ignorancia de las leyes de guerra y los principios de la conducción que son necesarios para apreciar debida y apropiadamente las operaciones militares y sacar de ellas conclusiones y enseñanzas. Todos los resultados positivos de la investigación histórica, todos los principios, reglas y métodos son establecidos para que sean usados o aceptados; y al raciocinio del investigador pertenecerá siempre fijar lo que le parece más conveniente. Tales resultados no deben emplear el historiador como leyes o normas, sino solamente como los que ellos deberían ser, es decir, como apoyo para el juicio. El historiador militar debe examinar las razones por las cuales el conductor ha escogido algunos principios para aplicar en la operación, y por qué ha ignorado otros o tomado una determinación en contra de la doctrina.
La teoría militar debe, pues, servir de guía en todo estudio de la historia militar, porque sin ella las reflexiones y el análisis no podrían establecer el punto de partida, la dirección a seguir y el objetivo a alcanzar. Pero, al raciocinio del historiador corresponderá siempre determinar si cuáles son los principios y reglas de conducción preestablecidos en la teoría son aplicables, y cuáles no, en la guerra o batalla considerada. Lo fundamental es descubrir en el análisis, antes de formular conclusiones, cuáles fueron las causas que favorecieron, perjudicaron o impidieron la aplicación de los principios, de modo a identificar las razones reales del éxito o fracaso de una operación. La teoría militar, fundada en las experiencias bélicas, le da su propia forma o manera de ser a una doctrina de conducción. Ella ha sido extraída de la historia militar, o sea, de la realidad de la guerra en el transcurso de varios siglos, y constituye la más valiosa enseñanza que el historiador militar ha podido brindar a los militares profesionales.
A medida que transcurre el tiempo ciertos principios siguen vigentes, en tanto que otros son reemplazados para acompañar la evolución de la tecnología bélica. De este modo, va creciendo en cantidad, no las leyes que son invariables, sino los principios. Aun así varios de ellos siguen siendo actuales, a pesar de las modificaciones que se han producido en cada guerra, acompañando la evolución de la tecnología. Queda demostrado que el conductor no debe ir a la guerra con ideas preconcebidas, sino deberá inspirarse en la situación real del momento porque la situación durante la batalla, cambia frecuentemente y a veces inesperadamente; y como la historia militar no tiene otro fin que la educación del espíritu y mejorar la agilidad mental; por lo tanto, en vano se buscará en la historia la regla para resolver un problema. Todo esto llevó a decir a Moltke[1]: «En la guerra hay que hacer lo que sea más adecuado a cada caso y sin dejarse atar por reglas generales invariables». Y Schlieffen[2], en un discurso pronunciado en 1910 con motivo de la conmemoración del cincuentenario de la Academia de Guerra de Berlín: «Delante de todo el que quiera llegar a ser GENERAL o conductor de ejército, hay un libro titulado: “Historia de la Guerra”»[3].
Federico II el Grande (1712-1786) que reorganizó su Estado con una administración moderna, convirtió a Prusia en el estado más poderoso de Europa y forjó un ejército que fue el mejor de Europa. Era conocido como el rey filósofo. Uno de sus consejeros fue Voltaire. Federico asignó mayor importancia al estudio de las guerras del pasado que a su amplia experiencia bélica. Se refiere a la Historia Militar de este modo: «El arte de la guerra exige un permanente estudio; yo estudio toda clase de historias militares, desde César en la Galia hasta Carlos XII[4] en Poltawa. Estudio con todas mis fuerzas y hago todo lo posible para adquirir los conocimientos que son necesarios para resolver dignamente las cuestiones correspondientes a mi cargo; en síntesis, trabajo y estudio para hacerme mejor y para llenar mi espíritu con todo lo que el pasado y la época actual ofrecen como ejemplos esplendorosos».
Napoleón, aconsejaba a sus generales hacer la guerra como Alejandro, Aníbal, César, Gustavo Adolfo y Federico II: «Leed la historia de sus 83 campañas. Volved a leerlas y formaos en su ejemplo. Éste es el único camino para llegar a ser un gran general, dominar los secretos del arte de la guerra y adquirir el conocimiento de la alta conducción». Un oficial que desea ser GENERAL y conductor de ejército, necesita estudiar la historia militar para extraer de ella una experiencia previa sobre la guerra, aprendiendo la conexión que la estrategia y las tácticas del pasado tienen con la guerra en desarrollo o del futuro. Por estas razones, los grandes conductores habían llegado a la conclusión de que es absolutamente necesario que antes de ir a la guerra, el conductor y sus generales posean una experiencia previa sobre la misma, la que no puede obtener más que en el estudio razonado de la Historia Militar.
Clausewitz, escribió: «De los libros de historia militar no debe llevarse a la guerra nada más que la educación del espíritu o entrenamiento mental. El que va a ella con ideas preconcebidas, que no han sido inspiradas por la situación real del momento que se enfrenta, verá desmoronarse su edificio por la fuerza de los acontecimientos antes de que esté terminada. La más hermosa regla de conducción será siempre la que produce el genio en el instante preciso y oportuno».
El mariscal Foch[5] era un erudito historiador militar, y su estudio tuvo resonancia mundial. La escuela de Foch fue el faro luminoso en la preparación y formación de Estigarribia el Grande, quien era su discípulo, cumpliendo ampliamente la Historia Militar su función en la guerra del Chaco. Lo real y lo lógico es que los hechos históricos no pueden valorarse si se los manipulan o se falsean como la guerra del 70 (GTA), por lo tanto, es preciso examinar cada guerra y cada batalla tal como acontecieron, porque sólo así puede ser provechosa. Todo lo demás es pura especulación que no sirve para obtener experiencias, finalidad de la Historia Militar.
Los más exitosos conductores de ejército, coinciden en un mismo objetivo a alcanzar con el estudio de la historia militar: la educación del espíritu. Es decir, que es preciso adquirir una experiencia previa sobre la guerra. Esa educación espiritual es lo único que de aquel estudio debe llevar el conductor a la guerra sin atarse jamás a ideas preconcebidas.
La guerra evoluciona constantemente, pues, nuevos medios de lucha le imprimen formas siempre renovadas. Nada vuelve a ser exactamente como en las guerras anteriores. Pero, las leyes de guerra no cambian, y los principios de conducción, tal vez algunos y las tácticas deben ajustarse constantemente a la tecnología en boga. Un general, al preparar su ejército prejuzga que la guerra comenzaría con las mismas características de la guerra inmediatamente anterior, la historia tiene demostrada adónde puede conducir al conductor la mentalidad rutinaria y dogmática que recurre exclusivamente a la experiencia empírica extraída de la última guerra, menospreciando la experiencia milenaria de la Historia Militar. De todos estos se sigue, que constituye un grave error considerar a la última guerra como la guerra tipo, y sobre ella modelar los planes de operaciones.
La Historia Militar es pues, la escuela más amplia y fecunda para la preparación de los futuros conductores de ejército. Pero su misión termina cuando el general en jefe asume el mando del ejército y comienza la ejecución del plan de guerra, vale decir, que ella no le acompañará al campo de batalla, y como expresara Clausewitz, «la historia militar obra de la misma manera que un sabio profesor de medicina que dirige el desarrollo intelectual de sus discípulos, sin llevarlos por eso toda la vida con andadores».
Finalmente, espero que un oficial, a quien Dios lo ha distinguido con sus dones de ingenio, talento e inteligencia superior, tome la posta y prosiga incansablemente, -sin buscar ni esperar recompensa-, este arduo trabajo que me asigné por propia iniciativa y que hoy he resuelto dejar. Sólo me dedicaré a seguir siendo –a mi manera- un buen soldado de la nación hasta la hora final.




[1]     Moltke Helmuth, conde von, mariscal prusiano (1700-1891), Jefe de Estado Mayor, dirigió el ejército durante la guerra de los Ducados (1864), la guerra austro-prusiana (1866) y durante la guerra franco-prusiana (1870-1871).
[2]     Schlieffen Alfred, conde von, mariscal alemán (1833-1913), jefe de Estado Mayor desde 1891 hasta 1906, dio su nombre al plan de campaña aplicado por Alemania en la I G. Mundial.
[3]     Leopoldo R. Ornstein, El estudio de la historia militar, Círculo Militar, Biblioteca del Oficial, Buenos Aires, 1957. Pág. 102.
[4] Carlos XII (1682-Noruega 1718). Venció al rey de Dinamarca en Copenagüe, a los rusos, a los narvas y a Augusto II de Polonia en Kliszóv. Pero fue derrotado en Poltawa (ciudad de Ucrania al SO de Járkóv) por Pedro. Se refugió en Turquía. En 1715 regresó a Suecia. Cuando atacaba Noruega murió en el sitio de Fredikshald en 1718.
[5] Ferdinad Foch (1851-1929), mariscal de Francia, Gran Bretaña y Polonia; se distinguió durante la primera guerra mundial en la que condujo a los ejércitos aliados a la victoria.


LA GUERRA - CAPÍTULO III, "LA REPRESALIA": (lunes 07-08-2018)

LA GUERRA, CAPÍTULO III
LA REPRESALIA
Podemos establecer una distinción entre la legítima defensa y la represalia, ya que la primera comprende sólo medidas de defensa, en tanto que el estado que ejerce la represalia se apodera de un bien jurídico del otro estado, sea parte de su territorio o sus buques o sus aviones; así como maltratar u ofender a sus diplomáticos, o a cualquier otro órgano del Estado. Esta es la razón por la que, a diferencia de lo que ocurre en la legítima defensa, las represalias sólo pueden ordenarse cuando no se haya podido conseguir una reparación de los daños recibidos de otro Estado. El derecho internacional permite la reacción violenta e inmediata contra cualquier agresión (legítima defensa), mientras que en la represalia, lo que en un principio se trata es la de lograr una reparación de daños, y sólo en caso de negativa puede procederse a una represalia.
La auténtica defensa es un medio por el que un Estado se limita a rechazar por la fuerza militar una invasión armada a su territorio (guerra del Chaco). Si por el contrario, un Estado cuyo derecho ha sido conculcado, se apodera de un bien jurídico de otro Estado para exigir una reparación o conseguir algo sobre el cual cree tener derecho legítimo. No es defender su derecho, sino que empieza una acción ofensiva sobre el adversario para conseguirlo. Esta acción se la considera como represalia, y no consiste en la defensa de un derecho, sino, reiteramos, en conseguir la reparación de daños a algunos de sus intereses.
El Estado que ejerce una represalia puede realizar una operación militar para apoderarse de un bien del adversario u ocupar parte de su territorio como prenda de negociación, de modo a obligar al otro Estado a reparar los daños ocasionados a sus intereses. Es una respuesta a un acto ilícito de otro Estado.
Ejemplos de represalia son los que Gran Bretaña en 1863 ejerció sobre el Brasil por la cuestión Christie (apresamiento y saqueo de un buque inglés en la costa brasilera; y el Brasil sobre el Uruguay a partir del 1 de diciembre de 1864 (por las arbitrariedades cometidas, desde 1852, por las mismas autoridades del Uruguay y bandoleros contra los 40.000 brasileros que habitaban en territorio oriental. Por esta causa el mariscal López apresó el barco brasilero “Marqués de Olinda”, y seguidamente invadió las provincias brasileras de Mato Grosso y Río Grande del Sur.
En conclusión, se entiende, en general, por represalia toda violencia ejercida, sin ser aún guerra, para obtener la reparación de una injusticia que se ha sufrido o se haya irrogado a los intereses de la nación o con el objeto de poner fin a las arbitrariedades (robos, asesinatos, violación de mujeres) contra sus ciudadanos que viven en otro país, y que el gobierno de éste no puede o no quiere dar protección.
Las represalias pueden ser negativas o positivas. Son negativas cuando un estado rehúsa cumplir una obligación que ha contraído o prohíbe a otra nación gozar de un derecho que le corresponde (libre navegación de un río internacional). Las positivas consisten en apoderarse de las personas (diplomáticos o autoridades) y bienes pertenecientes a otro país (barco, avión, etc.) a fin de obtener satisfacción; o sea, hacer justicia por propia mano.
¿Cuándo un Estado puede hacer uso de la represalia? Las represalias sólo pueden ordenarse cuando no se haya podido conseguir una reparación de los daños. Lo que en un principio se exige es que el agresor, cuya acción siempre envuelve la idea de injusticia, por lo tanto, contrario al derecho, enmiende el daño ocasionado a sus intereses, y sólo en caso de negativa puede procederse a la represalia.
                                                F I N









sábado, 21 de julio de 2018

CAUSAS DE LA GUERRA DEL PARAGUAY CONTRA LA TRIPLE ALIANZA
A partir de hoy 21-07-2018, empezamos a presentar nuestro nuevo libro titulado "CAUSAS DE LA GUERRA DEL PARAGUAY CONTRA LA TRIPLE ALIANZA" (Argentina, Brasil y Uruguay).-

COPIADO DE FACEBOOK.COM
Libro indispensable para comprender las causas de la guerra del Paraguay
Es preciso renunciar a escribir como un acto de patriotismo. La inclinación nacionalista de los manuales de historia crea desorientación cuando se enfrenta a la verdad, de nada vale distorcionar la historia, la funciòn del historiador es destruir mitos y no crearlos, tampoco juzgar sino explicar los acontecimientos.
Cnel. Teodoro Ramón Delgado
Causas de la Guerra del Paraguay...
Ver más
Comentarios

Mauro Alcides Osorio Fernandez Muy interesante el Libro del Coronel Delgado en el cual sigue los caminos de la ciencias para llegar a conclusiones que tienen sus respaldos en documentos que definen tal o cual situación...felicitaciones Coronel por aportar a la bibliografia Nacional un material muy rico en contenido y desapasionado ya sea por ideologías o intereses políticos sectarios!!!

Administrar


Responder7 h

Teodoro Ramón Delgado Agradecido al distinguido prriodista Sr. Mauro A. Osorio F. Y a don Roger Konde por ser tan amables con este servidor, cuyo único propósito es, que no se siga engañando a nuestro valiente pueblo. Soy contundente en afirmar que la historia de la GTA que nos ha contado Juan E. O,Leary.

Administrar


Responder2 h

Casto Armin Sanchez Portillo Dónde podemos adquirir el libro! !!!!
Administrar


Responder1 h

Teodoro Ramón Delgado Librería INTERCONTINENTAL: Caballero 270 C/ Mcal. Estigarribia (en frente hay un estacionamiento privado). Costo G. 100.000. También en "EL LECTOR", sito en San Martín c) Aviadores del Chaco (con estacionamiento propio).

miércoles, 7 de septiembre de 2016

IDEAS Y OPINIONES VARIAS

UNA MINÚSCULA PARTE DE LA PORTENTOSA HISTORIA DEL JAPÓN
HIRO HITO (1901-1989) Y LA II GUERRA MUNDIAL
        Un emperador ejemplar, valiente, patriota en grado sumo y con visión de futuro, que prefirió proteger la vida y los bienes de sus súbditos antes que procurar gloria épica a cambio de la aniquilación de su gran nación. Sus cualidades humanitaria y patriótica está en armonía con el proverbio: “buscar gloria sin provecho para la patria es inútil sacrificio”. O sea, cuando la guerra ya está perdida, siempre será mejor detenerla para negociar y recuperar la paz para la nación, y no permitir que el país alcance el punto de su bancarrota. Al empezar el año 1945 el Gobierno de Japón ya sabía que no puede ganar la guerra.
El 24-Abr-1945 el presidente de los EE. UU, Harry S. Truman, escucha la primera exposición del ministro de defensa y de un general sobre el “Proyecto Manhattan”, un asunto que él ignoraba. Las dos personas explican al presidente que la primera prueba de la explosión del artefacto será dentro de diez semanas en el desierto de Los Álamos. Truman interroga sobre la potencia del explosivo. Le responden que la 1ª bomba tendrá una potencia equivalente a 500 Toneladas de/TNT. La 2ª a ser arrojada sobre Japón, podría alcanzar la potencia de 1.000 Toneladas de/TNT. Sin embargo, la bomba arrojada sobre Japón tenía una potencia explosiva de 18.000 Ton/TNT. Luego de reflexionar y escuchar la opinión de tres sabios nucleares y tres generales, el presidente de los EE UU hace llegar al gobierno del Japón una nota pidiendo el fin de la guerra y la capitulación, insinuando una terrible tragedia para el Japón.
El 28 de julio, el primer ministro del Japón, almirante Suzuki, hace un comentario a la prensa sobre “un ultimátum de los Estados Unidos, y que el gobierno lo tomaba con indiferencia”. Cuando Truman se enteró del trato que le dieron a su mensaje lo considera como “desalentador”.
El 2 de agosto el presidente de los EE. UU autoriza el uso de las bombas. En la madrugada del 6 de agosto dos escuadrillas de tres bombarderos B-29, cada una levantan vuelo de sus respectivas bases. Luego de 15 minutos los seis aviones, todos idénticos, se reúnen y se dirigen sobre Japón. Entre los seis aviones se encuentra el denominado “Enola Gay” que transporta la primera bomba atómica llamada “Thin Man”.A las 08.15 sobre el puerto de la ciudad industrial, Hiroshima, se arrojó el terrible artefacto que estalló tres minutos después, sembrando muertes y destrucciones jamás conocidas. Para que el gobierno japonés comprenda con claridad lo sucedido, Truman difunde un comunicado que dice: “Un avión americano ha lanzado esta mañana una bomba, una sola bomba sobre la ciudad de Hiroshima”.
En Tokio, el general Kawabe, jefe del estado mayor de los ejércitos, recibe un lacónico mensaje: “La ciudad de Hiroshima acaba de ser destruida de golpe por una sola bomba”. Kawabe pregunta dónde está el poderoso 2° ejército japonés con cuartel en Hiroshima. Se le responde de este modo: “A las 08.15 el grueso de las tropas estaba en formación para empezar la instrucción; y que tres minutos después solo quedaba cenizas del 2° ejército”. Aún así ninguna actividad civil o militar dejó sus actividades rutinarias, porque creen que no es posible que los EE. UU posea otra bomba. Tres días después de la explosión de la primera bomba atómica, mientras el Consejo Supremo de Guerra estaba de reunión llega el siguiente mensaje: “Una 2ª bomba, acaba de estallar, a las 11.01, sobre el puerto de Nagasaki”. El Consejo decide ir a hablar con quien es el alma del Japón: el Emperador. Este no habla nunca en público; no interviene en las reuniones del Gobierno. Él es la personificación y compendio del Japón eterno. Su prerrogativa es divina. Pero si da una orden, la historia del Japón no tiene registrada que no fuese obedecido. Pero ante la terrible circunstancia que el Japón está atravesando, el Emperador va a hablar. Dirige al Primer Ministro Suzuki la orden para que “acepte el ultimátum americano inmediatamente y ponga fin a la guerra”.
Suzuki lee la orden del Emperador y reúne el Gabinete. Luego de un breve debate resuelve: “Obedecer la orden del Emperador”. Esta decisión del gobierno inmediatamente fue comunicada al Estado Mayor de las Fuerzas Armadas del Japón. Entonces empieza algo que nadie se ha imaginado nunca. En el gran salón de conferencia del Estado Mayor, uno a uno los generales se levantan y declaran que se niega a capitular y, por supuesto, a obedecer la orden del Emperador. Es una rebelión, un hecho desconocido en el Japón.
Hiro Hito rápidamente recibe la desagradable noticia, y en un acto sin precedentes, ordena al Primer Ministro que convoque, para esa noche en el palacio imperial, a todo el Gabinete y a la cúpula militar. Cercana a la medianoche se da inicio a la sesión. A pesar de que el Emperador gozaba de prerrogativa divina, el general Anami, portavoz de los generales responde: NO, y declara ante el Emperador: “La hora de gloria acaba de sonar para el Japón. Hay que dejar que los americanos traten de invadir nuestro territorio, entonces el poder militar japonés lo aniquilará”. El Emperador no vacila y repite la orden: “Poner fin a la guerra”. La sesión se levanta.
Después el Emperador estando solo con el Primer Ministro le comunica que va a hablar al pueblo. Esto sucede por primera vez. Se le trae un magnetófono y pronuncia un breve discurso para que sea difundido por todas las emisoras de radio del Japón. Solicita al pueblo japonés que acepte la decisión del destino, y concluye así: “A vosotros nuestros leales súbditos, os ordenamos que cumpláis fielmente nuestra voluntad: poner fin a la guerra”
Pero se produce la rebelión de los generales. Dos de ellos, acompañados cada uno de tropas penetran en el recinto del palacio imperial y ordenan al jefe de la seguridad personal del Emperador que le sea entregada la grabación del mensaje. El oficial rechaza la petición y es muerto. Otro general de la guardia privada irrumpe en la sala de guardia y también es asesinado.El almirante Takigishi, influyente autoridad de la marina, al tener noticia de la grave alteración del ánimo que le agarró a la alta cúpula militar interviene para proteger al Emperador; manda apresar a los rebeldes y procede a difundir la importante grabación. Todo Japón escucha estupefacto el mensaje de Hiro Hito. Ahora ya es imposible cualquier conato de insurrección.
El general Anami, líder de los rebeldes y cuatro jefes del ejército se hicieron el arakiri. De este modo termina el conato de insurrección. El almirante Takigishi también recurrió al arakiri por considerar que un nuevo Japón no era para él. Así se impidió la locura de pretender llevar a la gran nación japonesa a un inmerecido, dramático e inútil holocausto por un grupo de fanáticos generales.
Japón no pierde tiempo en lamentaciones e inmediatamente empieza la reconstrucción. Al día siguiente 15 de agosto, se reúnen en Tokio los gerentes de la poderosa empresa “Nippon Kogaku”. Esta empresa había fabricado potentes aparatos ópticos para los navíos de la armada japonesa. Los administradores de Nippon Kogaku resuelven dedicarse a actividades civiles; para empezar en la fabricación de cámaras fotográficas que el mundo conoció como las famosas “Nikon”. De esta manera se coloca el primer cimiento del renacimiento de la nación japonesa que a grandes pasos avanzará hasta ubicarse rápidamente como la primera potencia económica mundial.
A ESTO YO LLAMO PATRIOTISMO Y NO A LA INNECESARIA MUERTE MASIVA DE COMPATRIOTA. FIN.



      (8-Octubre-2016)
CONSIDERACIONES SOBRE LOS PROCESOS DE PAZ ENTRE EL GOBIERNO DE COLOMBIA Y LA FARC - PARTE I
      El artículo que hoy publicamos es el resultado provisional, porque nunca hay  nada definitivo en este campo, de reflexiones, análisis y experiencias propias  recogidas durante el ejercicio de la profesión militar a la cual me había consagrado por entero y con gran fervor sobre aspectos vinculados con las luchas contra las guerrillas, terrorismo, etc; y el tratamiento de los conflictos.
     El transcurso de los años, sin embargo, le vuelve a uno más crítico con lo que hace y con lo que hacen los demás, relativizando la pura teoría, valorando mucho más las experiencias personales y, sobre todo, aprendiendo de los propios errores en vez de los ajenos.
     Debemos considerar que muchos compatriotas y los jóvenes en su mayoría gustan armar líos, que no se conforman con la manera en que la nación es gobernada, y que de diversas maneras se rebelan contra la injusticia, la pobreza, el desempleo, la corrupción, la educación de baja calidad y tantas otras cosas que están en la base de numerosos conflictos violentos. Y cuando la impotencia en la lucha contra la injusticia, la rabia se traduce en dolor y las emociones se alteran en extremo, es momento de salir a proclamar que la paz es supremo bien y que es posible, siempre que se ponga buena voluntad y sinceridad para conseguirla.
     La única intención que nos guía es compartir con los amigos cómo los países que han sufrido el azote de las guerrillas y el terrorismo han procedido para superarlos. En esta cuestión nadie tiene la receta o una estrategia para  transformar el conflicto en paz duradera.
     Lo cierto es que sabemos aún muy poco cómo tratar los conflictos armados, y lo prueba el hecho de que sigan existiendo y de que las soluciones convencionales se estrellan con frecuencia en el intento de lograr la paz.
     El elemento importante que se debe considerar es la tendencia de hace décadas de que los conflictos armados se producen, no entre Estados sino entre los ciudadanos de un país. Tal vez ha sido esta la que ha provocado una desorientación en las maneras tradicionales de combatirlo, pues los medios pacíficos así como los medios militares tradicionales producen  pocos efectos en la lucha contra los indeseables para obligar a deponer las armas.
     Es fácil determinar cuándo puede empezar un conflicto armado, sin embargo es casi imposible afirmar cuándo ni cómo va a terminar.
     Para comprender mejor porqué fracazó las negociaciones de paz entre el gobierno de Colombia y la FARC, es preciso dar un  vistazo al cuadro abajo entre los años 1945 y 2000*, que resultará no muy optimista, pues en más de la mitad de los intentos el resultado final ha sido el fracaso, y sólo en el 40 % de los casos el resultado ha sido un arreglo total o parcial:

 RESULTADO        FRECUENCIA     %
Arreglo total                      38              3,3
Arreglo parcial                 427           37,0
Cese del fuego                   77             6,7
FRACASO                      611            53,0
Total intentos               1.153           100,0
*FUENTE: Vicenç Fisas “Procesos de paz y negociación en conflictos armados”, Ediciones PAIDÓS IBÉRICA, Barcelona, 2004.

     LOS PROCESOS DE PAZ  EN LOS CONFLICTOS ARMADOS - PARTE II
     Una interesante metáfora Vicenç Fisas incluyó en su obra para explicar las complejidades que existen en los procesos para alcanzar la paz, y considerando que puede ser provechoso para interpretar mejor lo sucedido a la paz malograda por el Gobierno de Colombia, con algunos agregados, presentamos aquí la metáfora que señala que el camino hacia la paz está sembrada de sorpresas, circunstancias imprevistas por lo que los negociadores precisan de asesores idóneos, eficientes para que le ayude a responder con acierto a las variables que aparezcan durante las negociaciones. Denominamos procesos de paz todo el recorrido que se sigue en la búsqueda de un convenio entre las partes enfrentadas.
     Cuenta Fisas en su obra, que un proceso de paz es como subir una montaña de 6.000 metros de altura, pero sin mapas, sin brújulas, sin guías, sin haber tenido antes experiencias de escaladas, ni tan solo hábitos deportivos, acompañado de gente con la que no confía del todo, y sabiendo que muchas otras personas expedicionarias han fracasados en el intento de llegar a la cumbre. La metáfora nos sirve para explicar que un proceso de paz  es algo siempre difícil, lleno de sorpresas y complejidades, y a veces muy largo.
     Al escalar la montaña tenemos un primer campo base, que en nuestro tema, y con suerte, podría ser un alto el fuego o un cese de hostilidades. Después continuamos subiendo, y cuando creemos que ya llegamos a la cumbre, resulta que hay que dar otra vuelta, bajar de nuevo y subir otra vez, es algo así como la tela de Penélope. Cada nuevo pico que escalamos requiere nuevos instrumentos, estrategias y guías, y las personas que nos  acompañan en los primeros mil metros quizá no sean la más adecuadas para el resto de la escalada.
     El segundo campo base de nuestra escalada podría ser la negociación más esencial, y el tercer campo base, ya es el último tramo o la recta final, lograr garantías para que lo acordado se cumpla debidamente. Esta última parte de la metáfora es para mostrar que en el proceso de paz hay etapas que seguir, aunque no siempre en el mismo orden ni siempre con la misma importancia, y que cada conflicto a resolver habrá de encontrar la forma más idónea de ser tratado. La historia nos dará pautas y sabios consejos, pero en este asunto, como en la guerra convencional, no hay fórmulas únicas, sino múltiples variantes de procesos anteriores.
     El acuerdo de paz solo es una etapa del proceso que no culmina con la espectacular ceremonia llevada a cabo en Cartagena de Indias, como hemos visto por T. V, la firma del tratado entre los líderes de la República de Colombia y la FARC, sino después de cumplirse lo acordado.

     LOS PROCESOS DE PAZ Y LOS SABOTEADORES parte III
     Empecemos diciendo que no existen ni un ejemplo de opositor que no utilice contra el Gobierno argumentos injustos o mendaces que consiste generalmente en reprocharle no haber logrado éxito que nadie hubiera podido lograr o haber hecho demasiadas concesiones que nadie hubiera podido evitar. La historia tiene demostrada que muchos acuerdo de paz han fracasado por la presencia de grupos que han saboteado el proceso de paz. Hay innumerables ejemplos de intentos de boicotear acercamientos, diálogos o acuerdos. La existencia de saboteadores está ligada a que en el proceso de paz existen poderes o que algunas de las partes no obtenga lo que desea, o bien que no está dispuesta a ceder alguna cosa. Si tienen éxito, el tiempo de lucha se prolonga y se incrementa la cantidad de los muertos en los conflictos. Algunas veces, los saboteadores no triunfan porque se ha hecho un buen trabajo en las negociaciones de paz.
     Normalmente, los saboteadores son líderes que con el proceso de la paz ven amenazadas sus beneficios, privilegios, intereses económicos o poder y se lanzan a una campaña de desprestigio del proyecto de  acuerdo de paz con el propósito de reventar el proceso. Por lo general se trata de grupos o personas que han quedado fuera del proceso, pero en ocasiones pueden ser los mismos prostagonistas  de una negociación quienes, por su actitud cerrada, terminan por reventar el proceso.
     Los grupos que se benefician de la guerra son los primeros candidatos a ser reventadores, pues no tienen ningún interés en la terminación del conflicto armado porque podría debilitar su poder político o los buenos negocios acaban, por tanto, no hay esperanza que van a salir ganando con los beneficios de la paz.
     Detrás de la gestión de los reventadores está la cuestión de si estos actores con capacidad de saboteo pueden ser ignorados o no en el proceso de negociación. El caso de Andrés Pastrana y Alvaro Uribe (expresidente de la república) es un buen ejemplo.
     Toda estrategia de paz, por tanto, requerirá gestionar rápida, con ingenio e inteligencia el problema de los saboteadores externo e interno, evitando que surjan, incluso desarrollando incentivos para neutralizar y realizando una buena diagnosis de este tipo de personas o grupo (conocer bien sus objetivos, analizar los anteriores intento de boicot que hayan realizado, conocer su grado de compromiso, el nivel de liderazgo de los jefes y de control sobre sus seguidores, el nivel de unidad dentro del grupo, los efectos que pueden tener sobre el proceso en el caso de que persistan en su actitud, etc.).
     Aunque en algunos casos esté clara esta conexión, el dilema que se plantea es si tiene más sentido estratégico alentar y posibilitar la participación de los grupos armados o terroristas o de sus brazos políticos, o si es mejor excluirlos definitivamente del juego democrático como el NO en Colombia, con lo que se les condena a perseguir sus objetivos desde la clandestinidad. Este dilema va condicionado y de la mano de planteamientos estratégicos de fondo, como la aceptación o negación de que existe un conflicto, si se tolera o no el diálogo y la discusión política normalizada entre todos los representantes políticos, si hay o no amplios apoyos sociales a los proyectos que predica el grupo armado o terrorista, el propio historial del conflicto, si hay o no factores que permiten la indefinida duración del conflicto y el reclutamiento de jóvenes, si los daños que produce el conflicto son admisibles o incluso rentable políticamente, y muy en particular si el grupo armado a dado señales de estar dispuesto a entrar en una vía no violenta en determinadas condiciones. Aunque es difícil extraer, podemos señalar que algunos aspectos decisivos son el compromiso de crear condiciones y espacio para que los grupos armados puedan dejar las armas y hacer política con plena garantía de seguridad, el tiempo que concede cada parte para la transición de la otra, las oportunidades reales que se les pueden conceder, la capacidad de generar propuestas, la capacidad de adaptación democrática de los representantes de los grupos armados y la capacidad de estos grupos de abstenerse de practicar la violencia durante este periodo transitorio. Un conflicto difícil, en suma, que requiere del Gobierno gran coraje para llevar a los líderes de las guerrillas a sentarse a negociar la paz.



                             LA MUERTE DE FIDEL CASTRO
“NADA QUE LAMENTAR”, es el título editorial del diario “abc Color” de hoy domingo, y que se refiere a la desaparición física de quien en vida fuera el Sr. Fidel Castro.
Quiero compartir con los amigos de Facebook.com lo que sigue. No recuerdo ni el autor ni el título del libro donde leí el siguiente suceso, pero quedó grabado en mi memoria: Un niño huérfano de padres lo recogió un malvado tío. Ya adolescente, el tío falleció. Durante el sepelio acompañó el féretro del despótico pariente llorando desconsoladamente. Terminado el entierro y ya de regreso al hogar, el muchacho no paraba de quejarse. Vecinos caritativos que no desconocían el trato que le propinaba el fallecido, llegaron junto al muchacho en son de consolarlo, diciéndole que debería estar contento por librarse por fin del brutal pariente.
El joven respondió que lamentaba profundamente el fallecimiento del tío a quien mucho odiaba, y que ese sentimiento le daba fuerza para soportar sus maldades. ¡Y ahora ya no tengo razón para vivir, porque ya no tengo a quién odiar!
No cabe ninguna duda, según los expertos, que en todo ser humano anidan, además de varios otros sentimientos, el amor y el odio; consecuentemente, los millones de cubanos que deseaban libertad ciudadana para elegir sus autoridades, DD. HH y democracia para su nación, les quedan un enorme vació que llenar porque ya no tienen a quien odiar, y muy probablemente, como no sabrán cómo reemplazar la repugnancia que sentían por Fidel Castro, se dedicarán a un encarnizamiento entre ellos para llenar el vacío dejado por Fidel.



16-Mar-2017
HÉROE Y HEROISMO - ASOCIACIÓN CULTURAL MANDUÁRA (ACM)
     Antes de todo quisiera expresar mis felicitaciones a la comisión directiva de la ACM por su interés en clarificar a los socios los vocablos de “héroe y heroísmo, con énfasis sobre el Mcal. López”. De este modo se podrá distinguir a los héroes de los que no lo son. Además, ya era hora de que alguien se resolviera a hacer sentar al considerado “Héroe máximo y sin parangón” en el banquillo de los acusados. Pero debo decir francamente, que es innecesario el agregado de “con énfasis sobre el Mcal. López”, porque de este modo se podía volver tendencioso si los disertadores no ocupa una posición neutral, de modo a depurar sus conceptos de prejuicios y de vanos sentimentalismos patrióticos, que tanto daño ha ocasionado a la Historia de la guerra de la Triple Alianza. Aun así, pienso que es buen comienzo para juzgar correctamente a nuestros dos conductores de ejército en operaciones de guerra, López y Estigarribia. Además de esto, quisiera señalar que son necesarios, si de verdad se desea interpretar correctamente para extraer experiencias de la Historia Militar, tener idea sobre: 1) El potencial de guerra de la nación, que es indispensable confrontar al del país enemigo para concluir si hay o no posibilidad de ganar la guerra; 2) La batalla decisiva; 3) Las condiciones necesarias para llevar un ataque a una posición enemiga; 4) Los principios de apoyo mutuo y superioridad numérica; 5) Cuándo considerar victoriosa a una batalla ofensiva; 6) El límite que el Gobierno está dispuesto a sacrificar la vida y los bienes del país para la conquista del objetivo político, porque jamás el pueblo debe permitir que su autoridad aposte la nación entera por mero orgullo o por objetivo incierto. Los 5 puntos señalados son fáciles de entender, por eso los militares entendemos, pero puede ayudar mucho a los aficionados para apreciar las ocurrencias en la guerra, y desprenderse de este modo del empirismo de la Historia Militar. De lo contrario seguiremos entendiendo mal la guerra por carencia de algunos conocimientos básicos.
     HÉROE. Podemos definir al Héroe como un varón ilustre por sus hazañas militares; o sea, aquel que se distingue por sus acciones extraordinarias en la guerra. Pero si nos referimos al personaje principal de las acciones relatadas en las obras de O’Leary, hay que reconocer entonces que esa figura es héroe, pero como Aquiles y Héctor; no así como Alejandro, Aníbal, Julio César, Federico II de Prusia, Napoleón, Estigarribia, Patton, Montgomery, Rommel, etc.
     Generalizando el concepto, en la guerra se lo denomina héroe victorioso al general que gana la batalla o la guerra como Estigarribia, y el general derrotado tiene que rendirse o capitular o alejarse rápidamente del campo de batalla para evitar caer prisionero, tal como lo hizo el mariscal López al emprender la vergonzosa retirada desde Humaitá hasta Villeta, y de aquí hasta Cerro Corá donde fue alcanzado. En cuanto a las tropas, son héroes todos aquellos que con sus muertes contribuyeron a ganar la batalla o la guerra. Pero si perdieron la batalla decisiva podíamos considerar que sus muertes no fueron útiles a pesar del supremo esfuerzo puesto para ganar. Los únicos glorificados y coronados con justicia con los laureles de gloria son los vencedores, en tanto que los derrotados se convierten en prisioneros o desertores. Vencer es la aspiración del soldado con que alcanza su máxima plenitud. Las campañas de Estigarribia alcanzaron el pináculo de la gloria, porque sólo la victoria da gloria; por lo tanto, es extravagante conferir gloria al general que fue derrotado.
En las campañas ofensivas de Uruguayana y Corrientes, Solano López dirigió sus dos columnas de invasión desde Asunción primero y desde Humaitá después. Y durante las batallas desarrolladas dentro de nuestro territorio se ubicaba a 10 kilómetros de donde luchaban sus tropas con supremo heroísmo. Ser General en Jefe, presupone como premisa y exige como condición esencial, el valor de la presencia personal en el campo de batalla, pronto para intervenir con su reserva y arrebatar de las manos del enemigo la victoria. Porque conducir es ante todo presencia. Julio César durante las batallas usaba una capa roja para que sus tropas puedan distinguirlo, en su honor, Patton también usaba capa del mismo color
     Muchas personas entienden mal la guerra; por ello, los que se hacen pasar por historiadores, yo no presumo de historiador, acostumbraron a los paraguayos a celebrar derrotas como si fueran victorias y la inútil muerte masiva de nuestros compatriotas como gloria nacional, como en verdad los fueron las batallas de Isla Cabrita, Estero Bellaco, Tujutî, Kurusu, Ytorõrõ, Avay, Pikysyry, Lomas Valentinas, Pirivevýi, Acosta Ñu. Para evitar estos juicios falsos cada ciudadano precisa distinguir la VALENTÍA que es hija de la prudencia, de la TEMERIDAD que es hija de la insensatez; EL HEROISMO de la inútil muerte masiva de compatriotas que sólo a los que se hacen pasar por “nacionalista” sabe a gloria inojetable de la nación, a pesar del proverbio “conquistar gloria sin provecho para la Patria es vano sacrificio”. Las muertes de nuestros compatriotas ya eran innecesarias a partir de nuestra derrota en la batalla decisiva de Riachuelo, seguida por los fracasos de las campañas de Uruguayana y Corrientes.
Cuando se le pregunta a un ciudadano si cuál es su mariscal preferido entre López y Estigarribia, el 80 % responde, el Mcal. López. Y ¿porqué?, sin dudar responde: “porque defendió la Patria o porque no se rindió.
     Podemos deducir de estas respuestas que a la gran mayoría de los paraguayos, suponemos que es más por ignorancia que por patriotismo, es más glorioso el conductor de ejército que muera, antes que ganar la guerra sin perder la vida como Estigarribia. El Mcal. López no se rindió porque el objeto de su vivo y constante deseo era alcanzar Corumbá y de allí dirigirse a Bolivia para después a París-Francia. Esto demuestra que la cinta que en Cerro Corá entregó a los jefes con los colores de la bandera de la República de Bolivia (verde y amarillo), en vez de la denominada Medalla de Amambay, llevaba para engalanar su coche al llegar a Satacrúz como ofrenda al Gobierno boliviano.
Para calificar los actos del Sr. Mcal. López de HEROÍSMO, no basta con proclamar que defendió la Patria, porque no fue capaz de defenderla, o, porque no se rindió, y no se rindió porque era muy hábil para escabullirse del enemigo.
     DEFENDER LA PATRIA. Esta consiste en impedir al enemigo que pise nuestro territorio, y si logra penetrar expulsarlo fuera de los límites de nuestro territorio, tal como lo hizo Estigarribia en la guerra del Chaco. Pero, si a pesar del supremo esfuerzo hecho no se puede cumplir la misión porque el enemigo es demasiado poderoso, ante esta circunstancia el Gobierno tiene la alternativa de proseguir la lucha sin posibilidad de victoria, tal como lo hizo el Mcal. López y por ello muchos compatriotas lo veneran, a pesar de que murieron en vano decenas de miles de nuestros compatriotas, o, aceptar la voluntad del vencedor para acordar la paz y de este modo salvar lo que aún podía ser salvado de la nación. Defender la patria no significa en formar un ejército de numeroso efectivo e invadir territorio de países vecinos; y después de ser derrotado regresar a la Patria perseguido por el enemigo. Con este criterio podíamos sostener que también Hitler es un “héroe”, porque “defendió la patria y no se rindió”; esto me parece cómico.